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Pero la honestidad se enfrenta al quehacer
cotidiano. En el diario andar se descubre que no es tan fácil ser honesto.
La corrupción, que no es sólo la que oímos en el mundo de lo político y lo
económico, sino que vive en el corazón, revela un estado interno donde se
libra un combate entre las fuerzas del mal y las del bien. De esta manera,
la persona se dispone ser honesta todos los días. Pero pronto descubre que
tiene que decir mentiras para lograr algo, o para tomar algo. Que tiene que
valerse de engaños o de coartadas para adquirir un beneficio, para conseguir
algún propósito o para alcanzar algún status social. Y así,
inconscientemente se va justificando la deshonestidad, como si fuera un mal
necesario, llevándose por delante los más encarecidos valores del hombre.
La honestidad es enemiga de la hipocresía, porque ambas no pueden vivir juntas. La una es la antítesis de la otra, y en sus claras intenciones hay propósitos opuestos. Pero ella es gran amiga de la integridad, porque ambas hacen un trabajo interno, y de la abundancia que haya en el corazón se manifestará los hechos. Cuando el espejo del alma está limpio, los sentimientos, la naturaleza, las motivaciones y los propósitos son públicamente visibles. Una persona honesta es digna de confianza y es amada y respetada por todos. Para ser Honesto hace falta ser sinceros en todo lo que decimos; fieles a las promesas hechas en el matrimonio, en la empresa o negocio en el que trabajamos y con las personas que participan de la misma labor; actuando justamente en el comercio y en las opiniones que damos respecto a los demás. Todos esperan de nosotros un comportamiento serio, correcto, justo, desinteresado, con espíritu de servicio, pues saben que siempre damos un poco más de lo esperado. Si queremos ser Honestos, debemos empezar por enfrentar con valor nuestros defectos y buscando la manera más eficaz de superarlos, con acciones que nos lleven a mejorar todo aquello que afecta a nuestra persona y como consecuencia a nuestros semejantes, rectificando cada vez que nos equivocamos y cumpliendo con nuestro deber en las labores grandes y pequeñas sin hacer distinción. Sin embargo, la honestidad tarde o temprano le dejará mejores dividendos. Cuando la tentación de hacer algo indebido toque las puertas de su vida personal, familiar o negocios, mida bien sus opciones, no tome el camino fácil aunque esto represente más de su esfuerzo o requiera más de su dinero. El hombre honesto podrá perder batallas, pero nunca perderá la guerra. De todo esto podemos exclamar: ¡Bienaventurados los honestos porque ellos vivirán en paz! Nada es mejor que una conciencia tranquila. |
| ::::: Bibliografía ::::: |
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Sr. P.H. Spaak, |