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Este desequilibrio no sólo afecta la vida más
íntima de una persona, sino que afecta su trabajo y su desarrollo
profesional, porque las emociones desempeñan un papel importante en el
ámbito laboral. De la ira al entusiasmo, de la frustración a la satisfacción,
cada día nos enfrentamos a emociones -propias y ajenas. La clave está en
utilizar las emociones de forma inteligente, para que trabajen en beneficio
propio, de modo que nos ayuden a controlar nuestra conducta y nuestros
pensamientos en pos de mejores resultados.
Por otro lado, cada uno de nosotros influye en el estado de ánimo de los
demás. Es perfectamente natural influir en el estado emocional de otra
persona, para bien o para mal; lo hacemos constantemente, ‘contagiándonos’
las emociones como si fueran el más poderoso virus social.
Por eso se verifica hoy una tendencia mundial en la demanda de recursos
humanos (especialmente ejecutivos), que valora la capacidad de interrelación
emocional sobre la capacitación técnica.
Porque tanto el trabajo como el aprendizaje son sociales. Las organizaciones
son ‘redes de participación’. Para lograr un desempeño efectivo en los
trabajadores del conocimiento (de cualquier trabajador, en realidad), la
clave está en inyectar entusiasmo y compromiso, dos cualidades que las
organizaciones o empresas pueden crear, pero no imponer.
Hoy no basta con un alto coeficiente intelectual para triunfar
profesionalmente, para competir o para desarrollar una empresa; se requiere
un control emocional adecuado, que nos permita tener una interacción
armónica en nuestro ambiente laboral: socios, colegas, empleados,
proveedores, clientes, etc.
Sin duda alguna, la inteligencia emocional no es una varita mágica; no
garantiza en una empresa una mayor participación en el mercado ni un
rendimiento más saludable. La vida de toda corporación es
extraordinariamente fluida y compleja. Ninguna intervención, ningún cambio
por sí solo, puede arreglar todos los problemas. Pero si se ignora el
ingrediente humano, nada de lo demás funcionará tan bien como debería. Las
empresas cuya gente colabora mejor tienen ventaja competitiva.
En ese sentido, las facultades de la inteligencia emocional son sinérgicas
con las cognitivas; los trabajadores excelentes poseen las dos. Cuanto más
complejo es el trabajo, más importante es la inteligencia emocional, aunque
sólo sea porque la deficiencia en estas facultades puede dificultar la
aplicación de la pericia técnica y el intelecto que se tenga.
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