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En busca de la satisfacción y aun disfrute, en el desempeño profesional

Aportación:
Carlos García, Investigación
Corporativo Tijuana

 


Seguramente todos consideramos imperativos morales el crecimiento personal y la consecución del bienestar y la felicidad para nuestra área de influencia (y aun más allá); quizá no tengamos siempre éxito en este empeño, pero lo perseguimos. Y estamos, desde luego, convencidos de que, en el ejercicio profesional, uno puede alcanzar mayor grado de desarrollo y de satisfacción. Si nos preguntáramos dónde disfrutamos más, en el trabajo o en el ocio, quizá, arrastrados por arraigadas creencias, daríamos por supuesto que en el ocio; pero, mejor pensado, y sobre todo después de interesarnos, apenas un poco, por la psicología de la felicidad, admitiríamos que depende. De hecho, y aunque en muchos casos nos parezca lamentoso, hay no pocos adictos al trabajo, como los hay a las drogas o al sexo. Pero cabe hablar de trabajos... y trabajos. Hay algunos en que, aunque no lo descartemos, cuesta imaginar el disfrute (bomberos, escoltas, controladores aéreos...); mas hay otros muchos —y no pensamos solo en los artistas— en que queda espacio para disfrutar, si uno se lo propone y nada se lo impide. Propongámonoslo.

Podemos pensar en muchas ocupaciones: médicos, docentes, vendedores, guías turísticos, arquitectos, cocineros de restaurantes, periodistas, mecánicos, técnicos de laboratorio, investigadores, cirujanos, peluqueros, profesionales de la publicidad, oficinistas, carpinteros, decoradores, vinicultores, ganaderos… Estos y otros muchos son trabajos que, en mayor o menor medida, facilitan la autorrealización y, digámoslo también, una cierta autotelia; es decir, permiten que la atención se detenga en el propio desarrollo, más acá de los resultados, y pueden, por lo tanto, resultar intrínsecamente gratificantes. Ya se entenderá que no se trata de desinteresarse por los resultados: se trata más bien de asegurarlos por la vía del trabajo hecho a gusto y a conciencia. Desde luego, hay que contar con que nuestra personalidad se dote de la necesaria actitud, de modo que seamos capaces de desarrollar la actividad con presencia auténtica (mindfulness), aislándonos, en su caso, de posibles problemas, tensiones o marejadas del entorno. Si nos preguntamos por qué no somos más felices en el trabajo, pensamos inmediatamente, por un lado, en la propia tarea, pero también, por otro, en las circunstancias que la rodean.

Acabamos de aludir tácitamente al denominado clima laboral, cuya relación con la satisfacción profesional es incuestionable; pero también hemos hablado de atención enfocada al propio desarrollo de la actividad (trabajo autotélico). Esto último parecerá más novedoso, porque lo que las empresas postulan es ciertamente la orientación a resultados y la consecución de objetivos. Nos parece que estos postulados son compatibles con la concentración en la tarea y la satisfacción por las cosas bien hechas, pero es verdad que algunos de los mantras que circulan en las empresas son a menudo mal entendidos y aun adulterados: la calidad, el empowerment, el trabajo en equipo, la comunicación interna, o el propio desempeño movido o motivado por objetivos a lograr. El psicólogo americano de origen húngaro Mihaly Csikszentmihalyi nos dice, hablando de la calidad de vida: “El problema aparece cuando las personas se obsesionan tanto en lo que quieren conseguir, que ya no obtienen placer con el presente. Cuando esto sucede, pierden su oportunidad de ser felices”.

Pero si (también en nuestro ejercicio profesional) hacemos el esfuerzo de vivir el aquí y ahora, el mismo autor nos hace advertir que podemos disfrutar de la actividad y aun entrar en estados de elevada concentración y satisfacción, e igualmente elevado rendimiento. Así ocurre, y parece que es más frecuente cuando la tarea, poniendo a prueba nuestra capacidad, nos estimula suficientemente; entonces, concentrados, perdemos la noción del tiempo y del entorno, y deseamos no ser interrumpidos: es el estado de “flujo”. ¿Le resulta familiar al lector? Eso esperamos, a pesar de que el complejo funcionamiento de las organizaciones demanda también a menudo tareas rutinarias o burocráticas que no nos gustan, y de que la vida empresarial incluye asimismo decisiones y momentos ingratos. En definitiva, podríamos estar a gusto, o muy a gusto (o sea: en “flujo”), escribiendo un informe, visitando a un cliente, resolviendo un problema, preparando un catálogo o una oferta, pronunciando una conferencia, instalando equipos electrónicos, buscando información en Internet, diseñando un programa o adquiriendo nuevos conocimientos.

 
::::: Conclusión :::::

Vale la pena insistir en el mensaje: aunque yacen y subyacen elementos que pueden reducir la satisfacción, el trabajo puede resultarnos gratificante, e incluso altamente satisfactorio, en actividades o momentos específicos.

Esto último depende, en buena medida y como hemos sugerido, de que el reto sea adecuado: ni tan bajo como para aburrirnos, ni tan alto como para producirnos ansiedad.

A todos nos gusta aprovechar nuestras capacidades y alcanzar metas de manera cotidiana. Las empresas más seriamente preocupadas por la satisfacción de sus personas procuran situarlas en la zona de desafío asumible, de modo que todas vayan cosechando pequeños éxitos (sin descartar algún posible fracaso) en su trayectoria.

De hecho —aunque nos cuesta aceptar las cifras de mobbing que se barajan—, para un jefe perverso (admitamos que puede haber inteligencias perversas en todos los niveles de las organizaciones), el daño psicológico a su víctima estaría servido y seguiría quedando inulto: consistiría en desplazarla de la zona ideal de trabajo, bien hacia arriba (desafío elevado = agobio y ansiedad), bien hacia abajo (desafío muy bajo = aburrimiento y frustración). Por cierto, una víctima de mobbing (de obligada lectura nos ha parecido el libro de Iñaki Piñuel) es lo más lejano que se nos ocurre de un trabajador satisfecho.