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Seguramente todos consideramos imperativos
morales el crecimiento personal y la consecución del bienestar y la
felicidad para nuestra área de influencia (y aun más allá); quizá no
tengamos siempre éxito en este empeño, pero lo perseguimos. Y estamos, desde
luego, convencidos de que, en el ejercicio profesional, uno puede alcanzar
mayor grado de desarrollo y de satisfacción. Si nos preguntáramos dónde
disfrutamos más, en el trabajo o en el ocio, quizá, arrastrados por
arraigadas creencias, daríamos por supuesto que en el ocio; pero, mejor
pensado, y sobre todo después de interesarnos, apenas un poco, por la
psicología de la felicidad, admitiríamos que depende. De hecho, y aunque en
muchos casos nos parezca lamentoso, hay no pocos adictos al trabajo, como
los hay a las drogas o al sexo. Pero cabe hablar de trabajos... y trabajos.
Hay algunos en que, aunque no lo descartemos, cuesta imaginar el disfrute
(bomberos, escoltas, controladores aéreos...); mas hay otros muchos —y no
pensamos solo en los artistas— en que queda espacio para disfrutar, si uno
se lo propone y nada se lo impide. Propongámonoslo.
Podemos pensar en muchas ocupaciones: médicos, docentes, vendedores,
guías turísticos, arquitectos, cocineros de restaurantes, periodistas,
mecánicos, técnicos de laboratorio, investigadores, cirujanos, peluqueros,
profesionales de la publicidad, oficinistas, carpinteros, decoradores,
vinicultores, ganaderos… Estos y otros muchos son trabajos que, en mayor o
menor medida, facilitan la autorrealización y, digámoslo también, una cierta
autotelia; es decir, permiten que la atención se detenga en el propio
desarrollo, más acá de los resultados, y pueden, por lo tanto, resultar
intrínsecamente gratificantes. Ya se entenderá que no se trata de
desinteresarse por los resultados: se trata más bien de asegurarlos por la
vía del trabajo hecho a gusto y a conciencia. Desde luego, hay que contar
con que nuestra personalidad se dote de la necesaria actitud, de modo que
seamos capaces de desarrollar la actividad con presencia auténtica (mindfulness),
aislándonos, en su caso, de posibles problemas, tensiones o marejadas del
entorno. Si nos preguntamos por qué no somos más felices en el trabajo,
pensamos inmediatamente, por un lado, en la propia tarea, pero también, por
otro, en las circunstancias que la rodean.
Acabamos de aludir tácitamente al denominado clima laboral, cuya
relación con la satisfacción profesional es incuestionable; pero también
hemos hablado de atención enfocada al propio desarrollo de la actividad
(trabajo autotélico). Esto último parecerá más novedoso, porque lo que las
empresas postulan es ciertamente la orientación a resultados y la
consecución de objetivos. Nos parece que estos postulados son compatibles
con la concentración en la tarea y la satisfacción por las cosas bien
hechas, pero es verdad que algunos de los mantras que circulan en las
empresas son a menudo mal entendidos y aun adulterados: la calidad, el
empowerment, el trabajo en equipo, la comunicación interna, o el propio
desempeño movido o motivado por objetivos a lograr. El psicólogo americano
de origen húngaro Mihaly Csikszentmihalyi nos dice, hablando de la calidad
de vida: “El problema aparece cuando las personas se obsesionan tanto en lo
que quieren conseguir, que ya no obtienen placer con el presente. Cuando
esto sucede, pierden su oportunidad de ser felices”.
Pero si (también en nuestro ejercicio profesional) hacemos el esfuerzo de
vivir el aquí y ahora, el mismo autor nos hace advertir que podemos
disfrutar de la actividad y aun entrar en estados de elevada concentración y
satisfacción, e igualmente elevado rendimiento. Así ocurre, y parece que es
más frecuente cuando la tarea, poniendo a prueba nuestra capacidad, nos
estimula suficientemente; entonces, concentrados, perdemos la noción del
tiempo y del entorno, y deseamos no ser interrumpidos: es el estado de
“flujo”. ¿Le resulta familiar al lector? Eso esperamos, a pesar de que el
complejo funcionamiento de las organizaciones demanda también a menudo
tareas rutinarias o burocráticas que no nos gustan, y de que la vida
empresarial incluye asimismo decisiones y momentos ingratos. En definitiva,
podríamos estar a gusto, o muy a gusto (o sea: en “flujo”), escribiendo un
informe, visitando a un cliente, resolviendo un problema, preparando un
catálogo o una oferta, pronunciando una conferencia, instalando equipos
electrónicos, buscando información en Internet, diseñando un programa o
adquiriendo nuevos conocimientos.
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